miércoles, 3 de diciembre de 2014

Una exhortación a amar a Dios

Thomas Watson
Hoy los dejo Con una exhortación del puritano "Thomas Watson" sobre el amar a Dios, espero les sea de mucha bendición. Estaremos publicando toda esta serie de 20 items donde Watson nos exhorta al deleite en Dios. Disfruten.



Una exhortación 
Quisiera persuadir fervientemente a todos los que llevan el nombre de cristianos a ser amantes de Dios. "Amad al Señor, todos vosotros sus santos"(Sal. 31:23). Son pocos los que aman a Dios: son muchos los que le besan hipócritamente, pero son pocos los que le aman. No es tan fácil amar a Dios como la mayoría se imagina. El afecto del amor es natural, pero la virtud no lo es. Los hombres, por naturaleza, odian a Dios (Ro. 1:30). Los inicuos querrían huir de Dios; no quisieran estar bajo sus normas, ni a su alcance. Temen a Dios, pero no le aman. Toda la fuerza de los hombres o los ángeles no puede hacer que el corazón ame a Dios. Los mandatos no lo hacen de por sí, ni los juicios; es solo el poder omnipotente e invencible del Espíritu de Dios el que puede infundir amor en el alma. Al ser esta una obra tan dura, la prosecución de esta angélica virtud del amor demanda de nosotros la oración y el esfuerzo más fervientes. Para estimular e inflamar nuestros deseos hacia el mismo, prescribiré veinte motivos para amar a Dios.

(1) Sin esto, toda nuestra religión es vana. No es el deber, sino el amor al deber, lo que Dios toma en consideración. No se trata de cuanto hacemos, sino de cuánto amamos. Si un siervo no realiza su trabajo de buena gana y por amor, no es aceptable. Los deberes que no están mezclados con amor resultan tan gravosos a Dios como a nosotros. David aconseja, pues, a su hijo Salomón que sirva a Dios con ánimo voluntario (1 Cr. 28:9). Realizar un deber sin amor no es sacrificio, sino penitencia.

(2) El amor es la virtud más noble y excelente. Es una llama pura encendida desde el Cielo; mediante ella nos asemejamos a Dios, que es amor. Creer y obedecer no nos hacen semejantes a Dios, pero mediante el amor nos asemejamos más a Él (1 Jn. 4:16). El amor es una virtud que se deleita al máximo en Dios, y es la que más le deleita a Él. Aquel discípulo que estaba más lleno de amor se recostaba en el regazo de Cristo. El amor pone verdor y brillo en todas las virtudes; las virtudes parecen eclipsadas a menos que el amor brille y destelle en ellas. La fe no es verdadera a menos que obre por el amor. Las aguas del arrepentimiento no son puras a menos que fluyan de la fuente del amor. El amor es el incienso que hace a todos nuestros servicios fragantes y aceptables a Dios.

Deleite en Dios
(3) ¿Es irrazonable lo que Dios requiere? No es otra cosa que nuestro amor. ¿Si nos pidiera nuestras posesiones o el fruto de nuestros cuerpos, podríamos negárselos?  Pero Él solo pide nuestro amor, solo quiere tomar esta flor. ¿Es esta una petición difícil? '¿Hubo jamás una deuda tan fácilmente pagada como esta? No nos empobrecemos lo más mínimo al pagarla. El amor no es una carga. ¿Es un trabajo para la esposa amar a su marido? El amor es placentero.



(Sacado del libro "Consolación Divina" grandes clásicos, del Puritano Thomas Watson)





Bueno amigos los dejo hasta aquí, hasta el numero tres, pero en estos días seguiremos con los demás items. Dios les bendiga. Soli Deo Gloria.

martes, 2 de diciembre de 2014

El Deber y la Necesidad de la Meditación

Los Puritanos
Hoy les quiero compartir sobre la meditación, pero en su característica "Puritana". En estos días leyendo nuevamente un maravilloso libro he estado practicando la meditación en las cosas divinas, o mejor dicho, en la Palabra de Dios, y cuan bueno ha sido para mi vida el meditar en las Escrituras. Bueno aquí les dejo parte del libro "Espiritualidad Puritana y Reformada" de Joel Beeke.


Los puritanos acentuaron la necesidad de la meditación. Dijeron que, en primer lugar, Dios nos ordena meditar en su Palabra. Esto solo debería ser suficiente razón. Citan numerosos textos bíblicos (Dt. 6:7; 32:46; Sal. 19:14; 49:3; 63:3; 94:19; 119:11, 15, 23, 28, 93, 99; 143: 5; Lc. 2:19; 4:44.. etc.) y ejemplos ( Melquisedec, Isaac, Moiés, Josué, David, María, Pablo, Timoteo). Cuando no meditamos, tenemos en poco a Dios y su Palabra y revelamos que no somos piadosos (Sal. 1:2).

En segundo lugar, deberíamos meditar en la Palabra como si fuera una carta que Dios nos ha escrito. "No debemos acercarnos a ella con prisa, sino meditar en la sabiduría de Dios al redactarla y en su amor al enviárnosla", escribió Thomas Watson. Esta meditación inflamara nuestros afectos y amor hacia Dios. Como dijo David: "Alzaré asimismo mis manos a tus mandamientos que amé, y meditaré en tus estatutos" (Sal. 119:48).

En tercer lugar, no se puede ser un cristiano sólido sin meditar. Como dijo Thomas Manton: "La fe es flaca y pronta a desfallecer a menos que se alimente con continua meditación en las promesas, Como dice David (Sal. 119:92): "Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido". Watson escribió: "Un cristiano sin meditación es como un soldado sin armas, o un trabajador sin herramientas. Sin la meditación, las verdades de Dios no permanecerán con nosotros. El corazón es duro y la memoria olvidadiza y, sin la meditación, todo esta perdido".

En cuarto lugar, sin la meditación, la Palabra predicada no nos beneficiará. Leer sin meditar es como tragar "comida cruda y sin digerir", escribió Scudder. Richard Baxter añadió: "Un hombre puede comer muy bien, pero no puede digerir igual de bien".

Watson escribió: "Hay tanta diferencia entre el conocimiento de una verdad y la meditación en una verdad como la hay entre la luz de una antorcha y la luz del sol. Pon una lampara o una antorcha en el jardín y  no tendrá ningún efecto. El sol tiene un dulce efecto: hace crecer las plantas y florecer las hierbas. Así que el conocimiento no es mas que una antorcha encendida en el entendimiento, que tiene poco o ningún afecto: no hace al hombre mejor. Pero la meditación es como el brillo del sol: opera en los efectos, enardece el corazón y lo hace mas santo. La meditación se apodera de la vida que hay en una verdad".

Oración
En quinto lugar, sin la meditación, nuestras oraciones serán menos efectivas. Manton escribió: "La meditación es una suerte de deber a medio camino entre la Palabra y la oración, y está relacionada con ambas. La Palabra alimenta la meditación, y la meditación alimenta la oración. Debemos oír para no estar equivocados, y meditar para no estar sin fruto. Estos deberes siempre deben ir de la mano. La meditación debe seguir al oír y preceder a la oración".

En sexto lugar, los cristianos que no meditan son incapaces de defender la verdad. No tienen la médula espinal, y se conocen poco a sí mismos. Como escribió Manton: "El hombre que es extraño a la meditación es extraño a sí mismo". "Es la meditación lo que hace al cristiano", dijo Watson. "Así que veas la necesidad de la meditación"- escribió el arzobispo James Ussher- "Debemos decidirnos sobre este deber si pretendemos ir al cielo".

Finalmente, también puede añadirse que esta meditación es una parte esencial de la preparación del sermón. Sin ella, los sermones carecerán de profundidad de entendimiento, riqueza de sentimiento y claridad de aplicación. La exhortación de Bengel a los estudiantes del Nuevo Testamento griego capta la esencia de esta meditación: "Te totam aplica ad textum; rem totam applica ad te"(Aplica al texto todo tu ser; aplica a ti todo el asunto).





Espero que esto no sea solamente un tipo de lectura agradable a ti o a mi, sino que en la gracia de Dios podamos aplicarla a nuestras vidas. Dios les bendiga. Soli Deo Gloria.




SEGUNDO SERMON SOBRE PENTECOSTES

Juan Calvino


En el cual se expone la primera exhortación que San Pedro hizo después que el Espíritu Santo hubo descendido sobre él y sobre los otros apóstoles.

"Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto. Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio,   y oíd mis palabras. Porque estos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: 'Y en los postreros días, dice Dios derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños'" (Hechos 2:13-17).

Lo que San Lucas narró al comienzo de este pasaje es un ejemplo muy notable de la malicia en ingratitud de los hombres. Aquí están los apóstoles, ciertamente conocidos como hombres del campo, e incluso de baja condición, que hablan el lenguaje de diversos pueblos y regiones distantes, y en excelente manera discuten la verdadera religión, proclamando la salvación que es en Jesucristo. Esto debe haber llenado de admiración inclusive a aquellos que escucharon el relato mucho tiempo después; mucho más deberían aquellos que contemplan el hecho allí mismo, y que oyen la declaración con sus propios oídos, ser impulsados a la obediencia correcta en la palabra. Sin embargo, no reconocen las obras de Dios, para magnificar y glorificar a Dios en ellas, sino que por el contrario, se burlan de ellos. Ahora bien, este pecado no solamente existió entonces en el mundo; todavía lo vemos en nuestro tiempo. Porque cada día Dios obra con tal poder que es imposible comprenderlo; sin embargo, de ninguna manera somos impulsados por ello a darle gracias; e incluso por un beneficio tan grande como el de habernos llamado al conocimiento de su evangelio. Pero, por el contrario, ¿acaso no vemos una multitud  de derrochones que se burlan cuando habla Dios, y cuya atención a la predicación es la misma que le prestan a las fábulas? Y con esa actitud, ¿acaso están expresando la debida reverencia a la palabra de Dios? Ciertamente, no. Aunque existen muchos de esos bufones, que no se benefician ni con la palabra de Dios ni con sus milagros no por eso debemos escandalizarnos totalmente, sino permanecer firmes, a efectos de no caer en la misma condenación habiendo despreciado las maravillosas obras de Dios, y no habiéndolo honrado como él se lo merece.
Eso es lo que debiéramos notar en primer lugar. Ahora San Lucas agrega que Pedro, en nombre de los apóstoles, demostró que los bufones y despreciadores de Dios estaban muy equivocados al considerar semejante milagro, que hablan visto ante sus ojos, con desprecio y burla, y que el mismo no debía ser atribuido a la ebriedad de la que acusaron a los apóstoles. Pedro dijo: "Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día." Ahora, por medio de esto debemos notar, en primer lugar, que los antiguos tenían otra manera de contar las horas que nosotros; porque tomaban la primer hora a la salida del sol, y siempre contaban doce horas, hasta la puesta del sol, de manera que, conforme los días eran más largos o más cortos, las horas también eran más largas o más cortas. Además, dividían al día en forma también diferente, en cuatro partes, es decir: desde la primera hora hasta el fin de la tercera hora, desde la tercera hasta la sexta, desde seis hasta nueve, desde nueve hasta doce. De manera que la sexta hora del día era el mediodía, y la tercera era alrededor de las ocho o nueve de la mañana, según contamos nosotros.
Ahora venimos al motivo que presenta San Pedro para mostrar que no estaban ebrios, como pensaban los judíos. Es como si hubiera dicho: "Ahora estamos en la tercera hora del día," que es (como he dicho) entre las ocho y nueve de la mañana; "en la vida no ocurre que los hombres se embriaguen a esta hora; ni siquiera los que no asisten al servicio de Dios." Con esto San Pedro denuncia la ebriedad, y demuestra que es vergonzoso cuando un hombre comienza en la mañana a embriagarse. Sin embargo, son más los que no se preocupan, aunque son dados a la ebriedad, de perder la sensibilidad y razón. Algunos no están ebrios por lo que han bebido en la mañana, sino que están tan impregnados de vino que al llegar la noche pareciera que aun durante la mañana no hicieron otra cosa que beber. Otros, por temor a rehusarse de beber comienzan tan temprano en la mañana que durante el resto del día no vuelven a estar sobrios; y entonces el vino los priva de toda inteligencia y razón, de manera que no saben ni cómo andar ni como conducirse. Entonces San Pedro dice: "Estos hombres no están ebrios," demostrando con ello que es algo que desagrada a Dios. Ahora debemos notar aquí que los judíos detestaban la ebriedad, de manera que cuando alguno de ellos era sujeto a caer en embriaguez, consideraban que debía ser a la noche, avergonzado de tener que ser vistos por otros. Con ello vemos que los hombres son más desvergonzados ahora que en aquel tiempo. Porque en aquel entonces buscaban la oscuridad de la noche, pero ahora no tienen escrúpulos de embriagarse en pleno mediodía; y entonces tienen que dormir y fermentar su vino. Aun escuchando el sermón dejan ver en qué condición están; porque no saben cómo permanecer una hora para escuchar la palabra de Dios sin mostrar el efecto de su ebriedad; están tan adormecidos que no aprovechan nada. Pero nadie debería estar demasiado asombrado por esto, porque el vino y la carne sin digerir aun, en los que se han llenado hasta el límite, más que las bestias brutas, hacen que duerman tan profundamente. A veces incluso duermen durante el sermón matutino, aunque aparentemente todavía no deberían haber bebido o comido. Pero con ello demuestran su gusto por la palabra de Dios, porque no sabrían como excusarse viendo que se levantan a la misma hora que otras personas.
Entonces, para venir al asunto que nos ocupa, San Pedro habla conforme a la costumbre de aquel tiempo, diciendo: "A juzgar por la vida común no es cierto que estos hombres estén ebrios, puesto que es la tercera hora del día." Ahora aplica los milagros que habían sido hechos por su doctrina. Porque el Espíritu Santo no fue dado a los apóstoles para ser guardado en secreto tratándose de magnificar las obras de Dios; al contrario, debían ser firmes en llevar constantemente la palabra, y en publicar el evangelio, puesto que nuestro Señor les dio los medios para hacerlo. También vemos que Dios obró poderosamente, y que el hecho de que Dios haya sido predicado a todo el mundo  y por un número tan pequeño de personas no procedía de los hombres. Ahora bien, en su predicación San Pedro demuestra una santa osadía del Espíritu de Dios advirtiendo a quienes no la habían recibido en reverencia, que Jesucristo no se manifiesta a aquellos que desprecian sus obras y se burlan de ellas. Además, cuando dice: “Y todos ustedes que habitan en Jerusalén," se dirige en general a nosotros, si bien ello no incluía a ciertas personas, es decir, a aquellos que se habían burlado del milagro. Porque hubo muchos en la compañía de los apóstoles que quedaron grandemente asombrados y que habían venido con reverencia. ¿Por qué es entonces, que San Pedro les atribuye a todos ellos el haberse burlado? Ahora bien, al reprender el pecado de ellos, quiso beneficiar a toda la compañía, y por medio de esta ocasión confirmar tanto más, incluso en los corazones de otros que estuvieron asombrados, una adoración y reverencia por la obra de Dios, echando lejos la opinión y todos los demás pensamientos necios de aquellos bufones. Actualmente aun hablamos de esta manera; porque cuando hay bufones en una compañía, y queremos reprender este pecado, vociferamos contra todos, aunque no todos sean culpables. Sin embargo, los que son culpables deberían ser acusados en sus conciencias; porque tienen suficiente testimonio de su error, sin que nadie proceda contra ellos y presente cargos específicos. No obstante, a veces es necesario que alguien hable más directamente a la gente, y que sean acusados llamándolos por nombre, a efectos de despertar su memoria, usando el ojo y el dedo para señalarles sus faltas; porque de esa manera se avergüenzan más que si son meramente amonestados en público. Pero es una maravilla cuando alguien puede soportar la amonestación por algún pecado, aunque la amonestación sea en público; porque se quieren cubrir, diciendo que si bien puede haber muchas persona culpables del pecado del que se los acusa, ellos pertenecen a los inocentes. Entonces ellos murmuran: ¿Por qué alguien tiene que vociferar contra nosotros? ¿Si esos pecadores existen, es necesario reprender a todos y hablar así en público?" Es así cómo los hombres siempre hallan ocasión para murmurar contra la doctrina, y si bien vemos que pueden haber sido muy pocos los que se burlaron del milagro que aquí se menciona, San Pedro dirige su palabra a todos cuando dice: "Todos ustedes que habitan en Jerusalén; sea notorio entre ustedes que estos hombres no están ebrios como ustedes suponen." Sin embargo, viendo que San Pedro habló de esa manera, no seamos nosotros más sabios que el Espíritu Santo; cuando existe un pecado que no está en todos, no por eso dejemos de hablar a todos, y que mediante este ejemplo, los inocentes sean advertidos a no murmurar, sabiendo que si son exentos de un pecado, cuando alguien los mira muy cuidadosamente los hallará mil veces dignos de ser culpados.
Ahora venimos a lo que San Pedro intenta hacer mediante esta predicación, es decir, intenta llevar a la gente al conocimiento de Jesucristo; porque, en efecto, ese es el propósito para el cual los apóstoles recibieron el don de lenguas. Porque la diversidad de lenguajes era, realmente, un impedimento que cerraba la puerta al evangelio, de manera que sin el conocimiento de lenguas, parecía imposible que el evangelio pudiera ser publicado a través del mundo. Entonces San Pedro dice: "Si ustedes recuerdan la profecía del profeta Joel, la promesa contenida en ella fue cumplida con la venida de Jesucristo. Porque después de que el profeta hizo algunas amenazas, agrega esta promesa, que Dios derramará su Espíritu sobre toda carne." Con lo cual indica que cuando Dios castiga las iniquidades del mundo, no será para hacer desesperar a los elegidos, sino para confirmarlos mediante el ejercicio de las tribulaciones de este mundo, que son enviadas incluso antes a los elegidos que a los rechazados. Es por esto entonces que nuestro Señor no suelta las riendas a su venganza, de modo de no retenerla, a efectos de perdonar a aquellos que tendrán refugio en su bondad y misericordia; porque siempre está cercano a aquellos que verdaderamente le invocan. Ahora bien, el estilo común de los profetas siempre ha sido tal que cuando quieren consolar a los pecadores, los conduce al conocimiento de Jesucristo. Y no es sin causa, porque si Jesucristo es quitado de nosotros, ¿qué hallaríamos en Dios? Hallaríamos en él una altura que derribaría a todas las criaturas; por causa de ella, habiendo llegado a conocernos a nosotros mismos, solamente hallamos pecado y vicio, y para presentarnos ante la majestad de un Juez tan grande solamente entenderemos la justicia y el rigor de su venganza, la cual nos es preparada por causa de nuestras iniquidades. En efecto, ¿qué pasará a aquellos de nosotros que nos exceptuamos del número de los pecadores, diciendo que no hay ninguna necesidad de recurrir al conocimiento de Jesucristo? Sin embargo, vemos la indiferencia que hay en los hombres en este sentido. Es cierto que no dirán abiertamente que no quieren conocer a Jesucristo; pero son muy pocos los que cumplen con su deber buscándole como es debido. De modo que no debe asombrarnos de ninguna manera que los profetas siempre insistan en este asunto de conducimos al conocimiento de Jesucristo; porque él es el único medio de reconciliación con Dios, en lo cual debemos establecer nuestro fundamento. Ahora vemos que, cuando el Espíritu Santo fue derramado tan abundantemente, no fue con ningún otro propósito sino que los hombres que habían sido extraños al conocimiento de Jesucristo, pudieran ser llamados, y todos pudiéramos ser convertidos para ser juntos el pueblo de Dios y recibir a Cristo.
Pero a efectos de tener un entendimiento mejor de este pasaje, debemos exponer lo dicho por el profeta: "Yen los postreros dios, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños." Por medio de esto debemos notar que, si bien el profeta dice que el Santo Espíritu será derramado sobre toda carne, sin embargo, no todos lo recibirán. Como vemos, en efecto, que existen muchos que son privados de él. Sin embargo, Dios nos llama a todos, pero nosotros le resistimos con nuestra ingratitud y malicia. Siempre sigue siendo cierto que nadie viene a él, sino aquel a quien él atrae por medio de su Santo Espíritu. Con ello también se nos significa que, si por fe venimos a Jesucristo, y con auténtica humildad mantenemos la fe recibiremos con tanta abundancia los dones su Espíritu que seremos capacitados para comunicarlos a nuestros vecinos. Así es entonces cómo Jesucristo nos llama a todos en general; sin embargo, es muy necesario que vengamos a él; porque rechazamos este beneficio que nos es presentado. ¿Por qué? Porque nos consideramos indignos del mismo, prefiriendo entregarnos a nuestras vanidades, más que al temor de Dios. Ahora bien, puesto que es cierto que muchos no reciben los dones que les son presentados, si bien son llamados, uno podría preguntar por qué habla así el profeta. Pero él quiso hablar en términos tan generales para mostrar que él los traerá a su conocimiento de todas las condiciones y de todas las edades; también, porque ahora Dios no hace distinción entre judíos y gentiles; porque por su poder el Espíritu Santo obra por medio de todos. Vemos que los judíos fueron, entre todos los demás, los primeros que tuvieron conocimientos del verdadero Dios; y aunque el número de aquellos, entre los judíos, que creyeron haya sido muy pequeño, no obstante, el Espíritu Santo les fue presentado. También los paganos han sido instruidos por la predicación del evangelio. Así es cómo, sin asombrarse, el profeta dijo que Dios ha derramado su Santo Espíritu sobre toda carne. Ahora bien, la doctrina que fue proclamada al comienzo de la predicación del evangelio, provino primero de los judíos, a efectos de que lo dicho por Ezequiel pudiera ser cumplido: "Ríos correrán hasta los confines de la tierra, procedentes de Jerusalén."  Con lo cual el profeta quiere indicar que esta diversidad de lenguas nunca podría haber sido entendida si el Espíritu Santo no hubiera sido enviado a los apóstoles para lograr que su doctrina fluyera al mundo entero. De manera entonces, consideremos cómo obró Dios mediante su sabiduría incomprensible, para que su evangelio fuese publicado. Porque si bien los apóstoles habían sido suficientemente instruidos por Jesucristo, no obstante, no dejan de ser toscos hasta haber recibido el Espíritu Santo. Pero cuando lo reciben, véanlos, convertidos de hombres pobres e ignorantes, en grandes eruditos, de manera que tienen conocimiento de diversidad de lenguajes, que constituían un impedimento para la publicación del evangelio. De manera que no es sin causa que el profeta Joel diga que Dios derramó de su Espíritu sobre toda carne.
Además debemos notar bien el pasaje donde dice que viejos y jóvenes profetizarán. Con ello indica que viejos y jóvenes, todos participarán del don del Espíritu Santo. No debemos tratar de saltear el conocimiento de la exposición de este texto, cuando el profeta dijo: "toda carne"; porque el mismo texto muestra suficientemente la intención del mismo. Además, cuando dice que los jóvenes profetizarán está hablando conforme a la costumbre de su tiempo; porque Dios usó de estos dos medios para con sus siervos, es decir, (1) la visión o (2) el sueño; como está escrito en el capitulo doce de Números, se mostrará a los profetas por medio de la visión, y les hablará en sueños, pero en cuanto a su siervo Moisés dice que le hablará cara a cara.  Sin embargo, alguien podría alegar que la doctrina no estaba bajo la ley como lo está ahora, y que, si Dios se manifestó a sí mismo a los profetas del Antiguo Testamento, a nosotros no se muestra así ahora. A efectos de responder tenemos que notar que, si bien el profeta usa estos términos, es únicamente para acomodarse a su propio tiempo, y para no decir que nosotros no hemos de tener una medida mayor de conocimiento. Porque en el Antiguo Testamento la verdad no nos es declarada tan abiertamente como ahora a través de Jesucristo. Porque en lugar de los sacrificios ordenados por Dios en la antigua ley, para que fuesen tipos y sombras que él necesitaba repetir con frecuencia para mostrar que solamente por medio del Mediador tienen los hombres acceso a Dios, ahora tenemos al Mediador en persona, que mediante su sacrificio único cumplió de una vez para siempre con todas los requisitos. Y nosotros ahora no tenemos que hacer sacrificio alguno de expiación y satisfacción por nuestros pecados, sino que hemos de rendir a Dios sacrificios de alabanza; y por medio de nuestro Señor Jesucristo él está satisfecho con este sacrificio. Y aunque en la Escritura diga que a la venida de Jesucristo el mundo entero preparará altares para hacer sacrificios a Dios, nosotros, no obstante, tenemos que dejar el tipo y habitar en la verdad. Porque así como el altar era la señal de la adoración que debe ser dada a Dios, cuando dice que él hará sacrificio a través del mundo entero, lo que se quiere decir es que Dios será adorado universalmente. Es cierto que el Papa y todos los suyos quieren deducir de este pasaje que los sacrificios tienen que ser hechos. Y cuando quieren aprobar su misa, presentan como testimonio esta Escritura. Pero si fuera cierto lo que ellos hacen creer a la gente, tendríamos que deducir que Jesucristo todavía no ha aparecido, y que su reino no ha venido en absoluto. Pero se ve lo contrario. Y silos profetas han hablado de esa manera, es para indicar que Dios será adorado universalmente en espíritu y en verdad, sin depender más de los tipos. Además tenemos que notar que aquí la palabra profecía no es tomada por el profeta en el sentido de declarar cosas venideras, uso que se le daba antes, en cambio quiere decir que aquel que tiene el don de profecía enseñará y aplicará la doctrina, a efectos de que seamos guiados al conocimiento de la verdad y para que sepamos cómo aprovechar de ella. De manera entonces, la promesa de la venida de Jesucristo contiene esto: que los hombres podrán tener un conocimiento mayor de las cosas divinas del que tenían antes. En efecto, San Pablo lo llama una sabiduría de Dios debajo de la cual todas las cosas debieran humillarse. Ahora tenemos que hacer de todas estas cosas una conclusión sumaria: que así como nuestro Dios, enviando al mundo a su Hijo Jesucristo, quiso aseguramos más expresamente de nuestra salvación, así también, enviando a su Espíritu Santo, nos hizo, más que nunca, partícipes de sus gracias.
Luego el profeta Joel agrega en este pasaje: "Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre."6 Con estas palabras indica que al manifestarse Jesucristo tienen que ocurrir cosas grandes y maravillosas. ¿Y por qué? Porque el mundo experimenta un cambio. Todos aquellos que quisieran seguir a Jesucristo tienen que cambiar totalmente su forma natural de ser. Es por eso también que el tiempo de la venida de Jesucristo es llamado "el tiempo final." Además, esto no se dice de un día o de un mes, sino que el profeta aplica todo lo dicho aquí al tiempo entre la venida de Jesucristo y el juicio final; y tenemos que incluir los milagros que serán hechos a la venida de Jesucristo en el tiempo comprendido entre su venida y el día final. En efecto, cuanto más avancemos, más será hecho, lo cual también experimentamos cada día. Ahora bien, puesto que comprendemos el sentido de profeta, ahora tenemos que tratar de aplicarlo a nuestro uso. En primer lugar, cuando dice que Dios derramará su Espíritu sobre toda carne, hay que notar que el mayor beneficio que podemos tener es el de ser partícipes de los dones de su Santo Espíritu. Y es el más excelente de los dones que Dios ofrece a los hombres; en comparación con él toda la liberalidad que El muestra por medio de las cosas terrenales, no es nada. Porque cuando somos privados de este don, Jesucristo es quitado de nosotros, y mientras no seamos vestidos de Cristo, todo cuanto hacemos es para nuestra condenación. Dios también afirma que no podemos ser hijos suyos hasta no haber sido lavados por su Espíritu Santo. Ahora bien, si no somos sus hijos, no somos partícipes, en absoluto, de la comunicación de Jesucristo. Porque, si bien Dios nos presenta sus dones, no obstante, Jesucristo no es nada para nosotros hasta que no hayamos recibido el Espíritu Santo. Deduzcamos entonces, por medio de esto, que hasta no ser partícipes del Espíritu Santo, estamos perdidos y somos rechazados; porque es él quien nos santifica y quien nos convierte en santos delante de Dios. De manera entonces, hasta que él nos haya llamado a su presencia, por medio del conocimiento de su Santa Escritura (conocimiento que no podemos tener excepto por el don del Espíritu), para elevar nuestros espíritus, estamos detenidos en la tierra como en una tumba: Así dice San Pablo: "Los que han recibido el Espíritu Santo, y que andan conforme a la voluntad de Dios la cual nos es declarada por medio de su palabra, aquellos, digo, son hijos de Dios; pero son hijos del diablo aquellos que siguiendo sus deseos carnales están dados nada más que a voluptuosidad." Es por eso entonces que el conocimiento de la verdad de Dios nos es necesario, si queremos pertenecer al número de los hijos suyos.
Además, no debemos excusarnos si no recibimos sus dones; porque él nos los ofrece; pero nosotros somos tan miserables que rechazamos el don que él está dispuesto a ofrecernos. De esta manera es manifestada la bondad de Dios hacia los hombres, en efecto, a pesar de que ellos siempre están luchando contra su voluntad, él, no obstante no deja de presentarse a nosotros, tal como lo dice aquí el profeta: "Jóvenes y ancianos, hombres y mujeres todos recibirán el mismo espíritu." Es a efectos de que nadie pueda argumentar de esta manera: "Ah, pero yo no soy estudiante, por lo tanto no puedo entender lo que dice en las escrituras, para recibir el Espíritu Santo." Ciertamente, ¿acaso ha prometido Dios solamente a los eruditos el don de su Espíritu Santo, sin distribuirlo también a otros? Ahora bien, es un abuso presentar semejantes excusas. Entonces, viendo que Dios es tan liberal que no quiere excluir ni edad ni sexo de la recepción de su Espíritu Santo, ¿acaso no somos muy miserables alejándonos cuando él se acerca a nosotros? En efecto, aquí se habla de la profecía que tiene que ser cumplida a la venida de Jesucristo. Entonces, puesto que es cierto que él reina en el día de hoy, es preciso que ello es muy cierto. Y, ay de nosotros, puesto que lo dicho nos ha sido abierto tan claramente, si hacemos otra cosa que cumplir con nuestro deber de andar en el temor de Dios, y de recibir los dones que nos son presentados por él. Ya he dicho que ninguno es exceptuado, pero somos tan malvados que no podemos aceptar lo que nos es dado. ¿Y cuál es la causa de ello? Nuestra infidelidad. Y sin embargo, es un pecado inexcusable, tanto en jóvenes como en ancianos, cuando no quieren ponerse bajo la obediencia de Dios, viendo que todos son llamados por él. Y no tenemos que asombrarnos cuando es evidente que la enseñanza les aprovecha tan poco. Porque, considerándolo, los ancianos serán tan obstinados y arraigados en su mal, que nadie sabe cómo argumentar provechosamente con ellos. Los jóvenes son descarriados como diablos, y si uno argumenta con ellos, se ponen tan furiosos que dan la impresión de querer arruinar a Dios, a su palabra, y a aquellos que la llevan. Ahora bien, Jesucristo, que es la sabiduría, la dulzura y amabilidad del Padre, no quiere tener comunicación con semejantes zorros y leones, y cuando uno les muestra que tiene que humillarse bajo la poderosa mano de Dios, para que puedan saber que tienen un Padre en el cielo, que se ocupará, no solamente del alimento corporal, sino que también los protegerá y los gobernará por medio de su Espíritu Santo, ellos de ninguna manera se someterán, sino que quieren tener libertad a efectos de tener plena licencia para hacer el mal.
Ahora, puesto que el tiempo no nos permite hablar más de esto dejaremos el resto hasta el siguiente día del Señor. Y puesto que no vamos a reconocernos aceptables a Dios, excepto por medio de nuestro Señor Jesucristo, inclinémonos en humilde reverencia ante su rostro en el nombre de Cristo.

La Cautividad Pelagiana de la Iglesia



R. C. Sproul 


     Inmediatamente después que inició la Reforma, en los primeros años después  de que Martín Lutero clavará sus Noventa y Cinco Tesis sobre la puerta de la iglesia en Wittenburg, publicó algunos cortos panfletos sobre una variedad de temas.  Uno de los más provocativos fue el titulado La Cautividad Babilónica de la Iglesia.  En este libro Lutero miró en retrospectiva al período de la historia del Antiguo Testamento cuando Jerusalén fue destruida por los ejércitos invasores de Babilonia y la elite del pueblo fue llevada a la cautividad.  Lutero en el siglo dieciséis tomó la imagen de la histórica cautividad babilónica y la reaplicó a esa era y habló acerca de la nueva cautividad babilónica de la iglesia.   Habló de Roma como la nueva Babilonia que aprisionó el Evangelio cautivándolo con su rechazó del entendimiento bíblico de la justificación.  Puede entender  cuan fiera era la controversia, cuan polémico sería este título en este período, al decir que la Iglesia no simplemente había errado o extraviado, sino había caído—que ésta es en realidad ahora Babilonia;  que está en un cautiverio pagano. 



    A menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y echara una mirada, no en la comunidad de la iglesia liberal, sino en las iglesias evangélicas, ¿qué podría  decir?  ¡Oh claro!, no puedo responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero pienso que  sería esto:  Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma para escribir,  el libro que podría escribir en nuestro tiempo sería titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica. 

    Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un profundo problema teológico.  Él escribió extensamente acerca de éste en La Esclavitud de la Voluntad.  Cuando miramos a la Reforma y vemos las solas de la Reforma- Sola Scriptura, sola Fide, Solus Christus, Soli Deo gloria, Sola gratia-Lutero estaba convencido que el verdadero punto  de la Reforma era el tema de la gracia; y que el subrayar la doctrina de  solo fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso con sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia. 

    En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad,  los traductores J. I. Packer y O. R. Johnston,  incluyeron una introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este libro.  El siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción: 

    Estas cosas necesitan ser consideradas por los Protestantes de hoy.  ¿Con qué derecho podemos llamarnos a nosotros mismos hijos de la Reforma?  Mucho del Protestantismo moderno ni podría llamarse Reformado o aún ser reconocido por los Reformadores pioneros.  La Esclavitud de la voluntad coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de  la salvación de la humanidad perdida.  A la luz de esto, estamos obligados a preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre los días de Lutero y los nuestros. ¿ No tiene el Protestantismo de hoy más de Erasmianismo  que de Luterano?  ¿ A menudo no hemos tratado de minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre de la paz entre grupos?  ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero atribuyó a Erasmo?  ¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa?1  

    Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero, Calvino, Zwinglio y  todos los principales teólogos protestantes de la primera época de la Reforma sostuvieron  en esto exactamente el mismo punto de vista.  Sobre otros puntos tuvieron diferencias.   Pero en la afirmación de la incapacidad del hombre en el pecado y la soberanía de Dios en la gracia, fueron enteramente uno.   Para todos ellos éstas doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana.  Un editor moderno de las obras de Lutero dice esto: 

    Quienquiera que cierre este libro sin haber reconocido que la teología Evangélica  se sostiene o cae con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en vano.  La doctrina de la justificación gratuita por la fe sola, la cual llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia durante el período de la Reforma, es a menudo  considerada como el corazón de la teología de los Reformadores, pero esto no es preciso.  La verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado sobre el argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la salvación  de los pecadores es totalmente sólo por la gracia libre y soberana, y que la doctrina de la justificación por fe  fue importante para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana.    La soberanía de la gracia encontraba expresión en  un nivel más profundo de su pensamiento  al descansar en la doctrina de la regeneración monergista.[2] 

    Esto quiere decir, que la fe que recibe a Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios soberano.  El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es visto como afianzado al principio más amplio de sola gratia.  ¿Cuál es el origen de la fe?  ¿Es la fe el don de Dios, indicando  por  tanto que la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una condición de la justificación la cual es dejada para que el hombre la cumpla?  ¿Puede percibir la diferencia?  Déjame ponerla en términos simples.   Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios  llevó a cabo miles de pasos para alcanzarte y redimirte,  sin embargo el punto culminante  es que debes llevar a cabo el paso decisivo para ser salvo”.   Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado líder evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice con gran pasión, “Dios hace el noventa y nueve por ciento de ello, pero todavía debes hacer el último uno por ciento.” 

¿Qué es pelagianismo? 

    Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”.  ¿De qué estamos hablando? 

    Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto.  Él fue contemporáneo del más grande teólogo del primer milenio de la historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín, obispo de Hipona en el Norte de África.  Nosotros hemos escuchado de San Agustín, de sus grandes obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del Cristianismo. 

    Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto prodigioso, fue también un hombre de profunda espiritualidad y oración.  En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo   a Dios un aparente daño, en una declaración inocente en la cual dice:  “Oh Dios, ordena lo que quieras, y concédeme hacer lo que ordenas”.   Ahora,  ¿Quería Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración como esta? Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su trayectoria.  Cuando escuchó esto, protestó vociferadamente, aun apelando a Roma para conseguir que esta oración de la pluma de Agustín fuera censurada.   Porque he aquí,  él dijo:  “¿Estás diciendo  Agustín, que  Dios tiene el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que desee de sus criaturas?   Nadie va a disputar eso.  Dios inherentemente, como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho a imponer obligaciones sobre sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes hacer eso.”    La expresión ‘ordena cualquier cosa que quieras’ es una oración perfectamente legitima.” 

    Es la segunda parte de la oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme hacer lo que ordenas.”  Él dijo, “ ¿De qué estás hablando?  Si Dios es justo, si Dios recto y Dios es santo, y Dios ordena de la criatura hacer algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma, la habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca demandaría esto en primer lugar.”  Ahora esto tiene sentido, ¿no es así?  Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral siempre y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad moral.    Entonces, ¿Por qué deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el don de ser capaz de hacer  lo que me ordenas  que haga?”  Pelagio vio en esta declaración una sombra  que estaba siendo puesta  sobre la integridad de Dios mismo, quién requería responsabilidad de la gente para hacer algo que no podían hacer. 

    Por ello, en el debate consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán y Eva nada que fueran incapaces de hacer.  Pero una vez que la trasgresión entró y la humanidad llegó a estar caída, la ley de Dios no fue cancelada ni Dios la ajustó  rebajando sus requerimientos santos para acomodarlos a la débil, condición caída de su creación.  Dios  castigó a su creación al descargar sobre ellos el juicio del pecado original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán y Eva, nace ya muerto en pecado.  El pecado original no es el primer pecado.  Este es el resultado del primer pecado;  se refiere a nuestra corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado nos concibió nuestra madre.  No nacemos en un estado neutral de inocencia, sino que nacemos en una condición pecaminosa y caída.  Prácticamente cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de Iglesias en algún punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo de doctrina del pecado original.  Así que, es claro para  la revelación bíblica, que se tendría que repudiar el punto de vista bíblico de la humanidad para negar el pecado original como un todo. 

    Este es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y Pelagio en el siglo quinto.  Pelagio dijo que no hay tal cosa como pecado original.   El pecado de Adán afectó a Adán y solamente a Adán.  No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la progenie de Adán y Eva.   Cada uno es nacido en el mismo estado de inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados.  Además él dijo, es posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida de perfección moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios.  Pelagio dijo que la gracia-y he aquí la distinción clave- facilita  la justicia.  ¿Qué significado tiene “facilita?”  Esta ayuda, ésta hace más fácil, hace más sencilla, pero  usted no tiene que tenerla.  Usted puede estar perfectamente sin ella. Pelagio declaró aún más, que no es solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho hay personas que lo hacen.  Agustín dijo,  “No, no, no, no... nosotros estamos por naturaleza infectados por el pecado,  hasta las profundidades y raíz de nuestro ser- a tal punto que no hay ser humano que tenga el poder moral para inclinarse a sí mismo y cooperar con la gracia de Dios.  La voluntad humana, como resultado del pecado original, permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus malos deseos e inclinaciones.  La condición de la humanidad caída es tal que Agustín  podía describirla como incapacidad para no pecar.  En términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída, el hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y  quedó cautivo a sus propias inclinaciones malvadas. 

    En el siglo quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El Pelagianismo fue condenado en el Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y también irónicamente, en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres anatemas de los Cánones de la Sexta Sesión.  Por lo tanto, consistentemente a través de la historia de la Iglesia se ha condenado firme y completamente  el Pelagianismo- porque el Pelagianismo niega la caída de nuestra naturaleza;  éste niega la doctrina del pecado original. 

    Ahora, que es el llamado semi-Pelagianismo, como el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado en medio del pleno Agustinianismo y  el pleno Pelagianismo.  El semi-Pelagianismo dice esto:  sí, hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la constitución de la naturaleza humana ha sido cambiada por este estado de corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido significativamente debilitadas por la caída,  a tal punto que sin la asistencia de la gracia divina ninguno puede tener la  posibilidad de ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino necesaria para la salvación.   Pero, aún cuando estamos tan caídos que no podemos ser salvos sin la gracia,  no estamos tan caídos que no podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia cuando nos es ofrecida.  La voluntad está debilitada pero  no es esclava.  Hay remanentes en el centro de nuestro ser, una isla de justicia que permanece intocable por la caída.  Es la respuesta de esta pequeña isla de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o en la voluntad lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o el infierno.  Es esta pequeña isla que debe ser ejercida cuando Dios lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis final es un paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o bien el infierno, el ejercitar ésta pequeña isla de justicia que está en el centro de nuestro ser o no hacerlo.   Agustín no  reconoció  esta pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él dijo que ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados. 

    Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-Pelagianismo tan vehementemente como lo hizo cuando condenó el Pelagianismo original.  Pasado el tiempo usted llega al siglo dieciséis y  lee el entendimiento Católico de lo que sucede en la salvación,  y  la iglesia ha repudiado básicamente lo que Agustín enseñó y también lo que Aquino  enseñó. La Iglesia concluyó que hay remanentes de esta libertad que están intactos en la voluntad humana y que el hombre debe cooperar con-y asentir con-la gracia precedente que es ofrecida a ellos por Dios.  Si ejercemos esta voluntad, si ejercemos una cooperación con cualquiera de los poderes que en nosotros han sido dejados, seremos salvos.   Y por lo tanto en el siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo. 

    En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de acuerdo en un punto: la incapacidad moral de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios;  que toda la gente, en el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y nueve por ciento, sino un cien por ciento dependientes de la obra de regeneración monergista como primer paso para venir a la fe,  y que la fe es en sí misma un don de Dios.  La fe no es lo que estamos ofreciendo para la salvación y que naceremos de nuevo si escogemos creer.  Sino que no podemos ni aún creer hasta que Dios en su gracia y en su misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de su obra soberana de regeneración.  En otras palabras, en lo que todos los reformadores estuvieron de acuerdo fue con, que a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede entrar en él.  Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre”-la condición necesaria para la fe  y la salvación de cualquiera persona es la regeneración.   

Los Evangélicos y la Fe 

    El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente enseña que en el orden para que una persona sea nacida de nuevo,  debe primero ejercer fe.  Tienes que escoger nacer de nuevo.  ¿No es ésto lo que escuchas?  En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco por ciento  de “cristianos evangélicos profesantes” en América expresaron la creencia que el hombre es básicamente bueno.    Y más del ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos.  Estas posiciones-déjeme decirlo de manera negativa- ninguna de estas posiciones son semi-Pelagianas.  Ambas son Pelagianas.  El decir que somos básicamente buenos es un punto de vista Pelagiano.  Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta por ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente más, si realmente examinamos su pensamiento con detenimiento, encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo.  Estamos plagados con él.  Estamos rodeados por él.  Estamos inmersos en él.  Lo escuchamos cada día.  Lo escuchamos cada día en la cultura secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio Cristiana. 

    En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy popular en América,  escribió un libro de teología, que surgió de su propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo.  Él rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el semi-Pelagianismo y  sostuvo claramente la posición Pelagiana sin encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no había Caída y que no había tal cosa como pecado original.  Este hombre vino a atacar cruelmente la doctrina de la expiación sustitutiva  de Cristo, y además de eso,  repudió tan clara y tan  fuertemente como pudo la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la imputación de la justicia de Cristo. La tesis básica de este hombre fue, no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos.  Su nombre:  Carlos Finney, uno de los más respetados evangelistas de América.  Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide es el artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los reformadores dijeron es que la justificación por la fe sola es una verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo;  si ellos estaban en lo correcto en su evaluación de que estas doctrinas son verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la que podemos llegar es que Carlos Finney no era Cristiano.  Yo leo sus escritos y dijo, “no veo cómo alguna persona cristiana pudiera escribir esto.”  Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo Evangélico de América.  Él es el santo patrón del Evangelicalismo del siglo veinte.  Y él no es semi-Pelagiano; él es descarado en su Pelagianismo. 

La Isla de Justicia 
    Una cosa es clara:   puedes ser Pelagiano puro y ser  bienvenido por completo en el movimiento evangélico de hoy.  Esto no es simplemente que el camello metió su nariz en la tienda;  no solamente es que está dentro de la tienda- sino que ha sacado al propietario de la tienda.  El Evangelicalismo moderno mira hoy con suspicacia a la teología Reformada, la cual llegado a ser colocada como ciudadano de tercera clase del Evangelicalismo.  Ahora,  usted dice, “Espera un minuto R. C. No encierres a todos en el argumento del Pelagianismo extremo, después de todo, Billy Graham y el resto de las personas están diciendo que hubo una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa como pecado original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y optimista punto de vista acerca de la no caída naturaleza humana de Pelagio.”  Y esto es verdad.  No cuestionaré acerca de ello.  Pero es esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la habilidad, en y de sí mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer, y abrazar la oferta de la gracia, que revela porque históricamente el semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino semi-Pelagianismo, éste realmente nunca escapa a la idea central de la esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano en pecado- que no está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si es dejada sin tratamiento, sino que es mortal. 

    Escuché a un evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra redención.  Él dijo,  el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un estrangulamiento, que es semejante a  una persona quien no puede nadar, quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y a menos que alguien intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de sobrevivir, su muerte es cierta.  Y a menos que Dios le tire un salvavidas,  no puede ser rescatado.  Y Dios no solamente le debe tirar  un salvavidas en cualquiera área donde él se encuentra, sino que el salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto donde sus dedos permanecen extendidos fuera del agua, y  acertarle de tal manera que pueda sostenerlo.  El salvavidas tiene que haber sido tirado perfectamente. Pero todavía este hombre se ahogará a menos que  lo tome con sus dedos y los sostenga alrededor  del salvavidas, entonces Dios le rescatará.  Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente perecerá. 

    La otra analogía es esta: Un hombre esta terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su cama de hospital con un padecimiento que es terminal.  No hay manera que pueda curarse a menos que alguien externo venga con una cura,  una medicina que curará su enfermedad fatal.  Y Dios tiene la cura y camina hacia el cuarto con la medicina.  Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse la medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara.  El hombre está tan enfermo que se halla casi en un estado comatoso. El no puede ni siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y abrirle la boca.  Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre todavía tiene que tomarla. 

    Ahora, si vamos a usar analogías, usemos las adecuadas.  El hombre no se está sumergiendo por tercera vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar.  Éste es el lugar donde usted estuvo  cuando una vez estaba muerto en sus delitos y pecados y andaba conforme a la corriente de este mundo, de acuerdo con el príncipe de la potestad del aire.  Y cuando  estaba muerto Dios le dio vida juntamente con Cristo.  Dios  se sumergió al fondo del mar y tomando este cadáver sopló el aliento de su vida en él y resucitó de la muerte.  Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto.  Esto es lo que la  Biblia dice: que estamos muertos moralmente. 

    ¿Tenemos nosotros una voluntad?  Sí, oh claro que la tenemos.  Calvino dijo, si quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos libre albedrío. Si quieres  decir por libre albedrío la capacidad de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de Dios sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío  es un término exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.  

    La doctrina semi-Pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo evangélico de hoy es un punto de vista pagano que niega la cautividad del corazón humano en el pecado.  Esta visión desestima el dominio que el pecado tiene sobre nosotros. 

    Ninguno de nosotros quiere ver las cosas tan mal como son realmente.  La doctrina bíblica de la corrupción humana es dura.  No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted sabe, es triste que tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno es perfecto.  Pero estemos de buen ánimo,  somos básicamente buenos.”  ¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto? 

    Ahora, regresemos a Lutero.  ¿Cuál es el origen y  la posición  de la fe?  ¿Es la fe el don de Dios significando con ello que la justificación es recibida por la dádiva de Dios?  O ¿Es una condición de la justificación, la cual tenemos que  cumplir?  ¿Es su fe una obra?  ¿Es ésta la única obra que Dios le deja hacer?  Recientemente tuve una discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan.  Estaba hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo.  Él dijo, “¿Estás  tratando de decirme que en conclusión es Dios quien soberanamente regenera o no el corazón?” 

    Y le dije, “Sí”;  y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto:   ¿Eres cristiano? 

    Él dijo, “Sí.” 

    Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?” 

    Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.” 

    Le dije, “¿Por qué eres  cristiano y tus amigos no lo son?  ¿Es por qué eres más justo que ellos?  Él no era estúpido.  El no iba a decir, “¡Oh! claro es porque soy más justo.  Yo hice la cosa correcta y mis amigos no”.  Él sabía  a donde quería llegar con esta pregunta. 

    Y él dijo, “Oh, no, no, no.” 

    Le dije, “Dime por qué.  ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos? 

    Y él dijo, “No.” 

    Sin embargo el no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo era la gracia de Dios.  El no quería venir a esto.  Y después de discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré.  Soy un cristiano porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis amigos no lo hicieron.” 

    ¿En qué estaba confiando esta persona para su salvación?  No en sus obras en general, sino en una obra que  había hecho.  Y él era un Protestante, un evangélico.  Pero su punto de vista de la salvación no era diferente del punto de vista Romano. 

La Soberanía de Dios en la Salvación 
    Este es el punto:  ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación?  O ¿Es ésta tu propia contribución a la salvación?  ¿Es nuestra salvación totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos por nosotros mismos?  Aquellos quienes dicen esto último,  que finalmente depende de algo que hagamos por nosotros mismos, por consiguiente niegan la absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con ello una forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo.   No es  de maravillarse que más tarde la teología Reformada condenara el Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos regresan a Roma, en efecto, éste torna la fe en una obra meritoria,  y es un rechazo de la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, la cual fue el principio teológico y religioso más arraigado del pensamiento de los reformadores.  El Arminianismo era sin lugar a dudas,  a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo del Nuevo Testamento a favor del Judaísmo del Nuevo Testamento. En esencia confiar en la fe  de uno mismo no es diferente  que confiar en las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano  como el otro.  A la luz de lo que Lutero le dice a Erasmo no hay duda que tenemos que ratificar este juicio. 

    Y aunque este punto de vista  es el que predomina en las encuestas de hoy en la  mayoría de los círculos evangélicos profesantes.  Y así como el semi-Pelagianismo es en esencia simplemente una versión ligeramente velada del Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que prevalece en la iglesia, y no sé que pasará. Sin embargo, si sé que no sucederá:  no tendremos una nueva Reforma.  Hasta que nos humillemos y entendamos que ningún hombre es una isla y que ningún hombre tiene una isla de justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia  de Dios para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y a regocijarnos en la grandeza de la soberanía de Dios, hasta que no desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y coloca al hombre en el centro de la religión.  Hasta que esto suceda no tendremos una nueva Reforma, porque en el corazón de la enseñanza Reformada está el lugar central de la adoración y gratitud dadas a Dios y sólo a Dios.  Soli Deo gloria, solamente a Dios, la gloria. 


--------------------------------------------------------------------------------

THE PELAGIAN CAPTIVITY OF THE CHURCH BY R. C. SPROUL 

R. C. Sproul is a member of the Alliance of Confessing Evangelicals and Chairman of Ligonier Ministries in Orlando, Florida. 

“Pelagian Captivity of the Church”, Modern Reformation, May/June 2001, Vol 10, Number 3, 22-29. 

Reprinted by permission of the Alliance of Confessing Evangelicals, 1716 Spruce Street, Philadelphia, PA 19103. 

Traducido por: Eduardo Osuna 

PRIMER SERMON SOBRE PENTECOSTÉS




 Juan Calvino


Sobre el descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Pronunciado el día de Pentecostés, en el cual se celebra la cena del Señor.

"Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen" (Hechos 2:14).

Por naturaleza estamos tan inclinados a la incredulidad que la verdad de Dios tiene que ser auténticamente sellada sobre nuestros corazones, de manera que podamos recibirla y estar totalmente convencidos de ello. Es cierto que Dios la estampa sobre el corazón de cada creyente por medio de su Espíritu Santo, y es por eso también que se lo llama el sello del Evangelio. Pero aquellos que fueron designados a proclamar esta enseñanza a través de todo el mundo, en primer lugar tienen que ser sellados ellos mismos, y Dios tiene que haberlos gobernado de tal manera que ahora estemos seguros, en plena certeza de la enseñanza que nos han publicado, sabiendo que no la recibimos de ellos como de criaturas mortales, que su autor realmente es Dios. Porque sabemos que el fundamento de nuestra sería demasiado débil si tuviéramos únicamente la autoridad de los hombres. Entonces, siempre seríamos endebles si nuestros espíritus no fuesen elevados por encima del mundo, y fundamentados en Dios, sabiendo que es de él de quien procede esta palabra de salvación que nos es predicada todos los días. Y es eso que este relato ha sido registrado en forma escrita para nosotros, para que cada vez que leamos o escuchemos la palabra de Dios, tengamos presente esto, que el contenido del Antiguo y del Nuevo Testamento no fue inventado por los hombres, sino que Dios mediante una señal visible ha testificado conforme a la necesidad de que los hombres eran únicamente instrumentos de su Santo Espíritu En cuanto a Moisés y a todos los profetas, tuvieron la aprobación de ser enviados por Dios, de manera que si su enseñanza es puesta en duda por nosotros ello debe sernos imputado y a nuestra ingratitud y malicia.
Ahora se nos dice que los apóstoles, antes de haber publicado el evangelio a todo el mundo Dios hizo descender sobre ellos su Espíritu Santo, para que pudiéramos saber que ellos no presentaron nada por si mismo, sino que entregaron fielmente aquello que les fue ordenado por Dios. Vemos entonces cómo debería servirnos este relato. Porque si no tuviéramos la seguridad de que los apóstoles eran como nuevas criaturas, y si Dios no les hubiera dado cierta marca para demostrar que estaban aprobados y autorizados por él, ¿qué sería de nuestra fe? No sería más que una opinión fluctuante. Podríamos decir: "Pienso así; me parece que es así," pero sería imposible que tuviésemos una persuasión total, una firmeza y constancia propia. Porque, ¿qué es el hombre? Puesto que aquí abajo no hay sino vanidad, tenemos que poner nuestra anda tan alta como el cielo, lo que el apóstol también dice en la Epístola a los Hebreos. Entonces podremos soportar todos los torbellinos y tempestades, y el mundo y el diablo por mucho que se esfuercen no puede asirnos. Al contrario, nuestra fe siempre estará firme y no cederá si nos atenemos al siguiente principio básico: que es Dios quien nos guía hacia adelante, quien nos llama a su presencia, y que la enseñanza que nos es predicada es su pura infalible verdad. Así entonces tenemos que resumir lo que hemos leído, que cuando se produjo un gran disturbio como de un viento recio, Dios quiso mostrar mediante una señal visible que él habla escogido a los doce apóstoles para que llevasen a una y otra parte el mensaje de salvación. Es cierto que en ese entonces solamente había once, aunque el número de doce no podía quedar mucho tiempo incompleto, puesto que en lugar de Judas fue enviado Matías. Y es así como fue reparado el número de doce no podía quedar mucho tiempo incompleto, puesto que en lugar de Judas fue enviado Matías. Y es así como fue reparado el número que anteriormente había sido destruido, de modo que esta interrupción fue solamente por poco tiempo tal como luego lo registra San Lucas.
Allí están, entonces los doce embajadores de nuestro Señor Jesucristo, que ya habían sido escogidos y marcados por éL Sin embargo tenían que ser equipados con dones necesarios para cumplir una misión tan difícil y tan elevada. Entonces tenían que ser investidos desde lo alto, y Dios tenía que obrar en ellos de una manera extraña y admirable, sobrepasando toda capacidad humana. Ahora, en cuanto a un viento y a un recio torbellino que hubo allí, el propósito era mostrar que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles no únicamente para hacerlos partícipes en su dones, sino para que también todo el mundo pudiera ser turbado por ello. Porque había sido dicho por el profeta Hageo,  "'Todavía un poco y he aquí yo sacudiré cielos y tierra, dice el Señor." Ahora eso fue cumplido con la predicación del evangelio. Entonces vemos que cuando el Espíritu Santo descendió, no fue únicamente para un pequeño puñado de personas, sino para que el Evangelio pudiera llegar a todos los confines y extremos del mundo. Porque de otra manera esta narración sería muy fría para nosotros, si no estuviésemos totalmente persuadidos de que sea para nosotros y para la edificación de nuestra fe el hecho de que Dios enviara una vez para siempre su Espíritu Santo. Además, es cierto que Dios podía haber enviado a su Santo Espíritu de una manera más gentil. Pero notemos que esta impetuosidad era para abatir todo orgullo de la carne, y por otra parte, para despertarnos porque somos demasiado soñolientos y lerdos. Hay dos pecados muy grandes en nosotros que nos impiden sentir el poder del Espíritu de Dios, para andar con el evangelio. Uno es que somos soberbios y llenos de presunción. Ahora bien, todo eso tiene que ser depuesto, y en humildad tenemos que aprender tanto grandes como chicos a rendir tal homenaje a Dios que seamos vaciados de todo, y que consideremos nuestra vida como proveniente de él y de su pura gracia. Es necesario entonces que este orgullo arraigado en nuestra naturaleza sea rechazado, incluso violentamente, porque estamos demasiado endurecidos en él. Por otra parte, cada uno siente en su interior una pereza terrenal, de manera que estamos preocupados por y envueltos en este mundo. En resumen, casi somos estúpidos de manera que ni podemos gustar la palabra de Dios ni el poder de su Santo Espíritu, a menos que seamos despertados realmente por la fuerza. Eso es, entonces, el significado de lo aquí narrado, de que se levantó un torbellino semejante a un viento recio. Ahora bien, en primer lugar vemos que el descenso del Santo Espíritu fue para conmover al mundo entero, para hacer temblar a toda la humanidad, de manera que Dios pudiese ser adorado en común acuerdo y para que los hombres pudieran sujetarse a él. Sin embargo, es preciso que seamos despertados, puesto que somos demasiado estúpidos, y también tenemos que ser conducidos a obedecer a Dios, siendo despojados de toda presunción, sabiendo que solamente hay toda clase de miseria en nosotros, que no somos sino cieno y descomposición, en efecto, que incluso sólo hay corrupción en nuestras almas hasta que hayamos sido renovados por Dios.
Además, cuando el Espíritu Santo descendió en esa forma, es decir, en lenguas repartidas como de fuego era para expresar mejor cómo quería obrar Dios mediante la predicación del evangelio. Si habla una persona, su voz es dispersada en el aire y es algo muerto. Ahora bien, está escrito que el evangelio es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.  ¿De qué manera? ¿Acaso pueda un sonido que vuela por el aire y que es dispersado conducirnos al reino dcl cielo?  Nadie sabe cómo crear por sí mismo ni siquiera una pequeña mosca. Es necesario que la imagen de Dios sea reparada en nosotros, que recibamos esta simiente incorruptible para alcanzar la gloria celestial, para ser compañeros de los ángeles, para ser transfigurados incluso a la gloriosa inmortalidad de nuestro Señor Jesucristo, y para ser partícipes de su naturaleza divina, como lo mencionó San Pedro.  ¿Y acaso puede ser efectuado esto por la voz de un hombre? Ciertamente que no, pero luego dice de modo especial que el Espíritu Santo, unido en el mismo lugar a la palabra que es predicada. Porque, ¿por qué tomó esta figura de lenguas? Es cierto que siempre hay alguna semejanza entre las señales visibles y la verdad  que es representada por ellas. Consecuentemente tenemos que ver por qué el Espíritu Santo apareció en forma de lenguas. Es para mostrar que él estaría en la boca de los apóstoles, y que él les daría lo necesario para ejecutar el oficio y la misión recibida y, en efecto, de que él haría provechoso su trabajo a efectos de que éste no fuera inútil. Porque, en primer lugar, sabemos que aun el hombre más hábil que se encuentre, no sabría cómo pronunciar una sola palabra hasta ser gobernado por el Espíritu Santo. Con esto Dios nos muestra nuestra condición, ya que no podríamos abrir nuestras bocas ni decir una sola palabra para gloria suya que fuese adecuada a menos que él nos la hubiera dado. Entonces, fue muy necesario que los apóstoles fuesen gobernados por el Espíritu de Dios, de lo contrario habrían enmudecido. También vemos la crudeza que había en ellos, porque su espíritu podría haber sido mucho más activo y agudo, pero por la crudeza de ellos Dios quería mostrarnos, como en un espejo, nuestra condición hasta tanto fuésemos iluminados por su gracia. Es cierto, cuando los apóstoles andaban con nuestro Señor Jesucristo, lo consideraban su Maestro y con toda modestia se sujetaban a su doctrina. Sin embargo, ¿qué sabían de ella? Vemos que eran unas pobres bestias, de manera que, teniendo en cuenta lo poco que aprendieron en tan buena escuela, tenemos que avergonzamos de su lentitud. Pero ello nos es provechoso. Porque, ¡allí están! Transformados en un minuto, de manera que la gracia de Dios resplandece tanto más, porque hablan en voz tan alta de los secretos de Dios que los mismos parecieran ser prodigios; y todo el mundo está asombrado puesto que previamente no hubo nada. Además, consideremos cuál fue su virtud y constancia. Todos ellos habían sido debilitados. Su fe parecía haber muerte y estar extinguida. Allí estaba Pedro que realmente habla sido el líder y que negó tan vergonzosamente a su Maestro, rindiéndose como un esclavo de Satanás. Era imprescindible entonces, que Dios interviniera con su mano, puesto que de parte del hombre no había remedio posible. Entonces notemos que no fue sin causa que el Espíritu de Dios apareciera en forma de lenguas para mostrar por este medio que la doctrina del evangelio tenía la aprobación y sello de Dios, a efectos de que nosotros pudiéramos recibirla con toda reverencia y humildad, y para que no hubiese ninguna disputa en cuanto a su origen, puesto que Dios exhibió su brazo declarando ser el autor de ella.
Además, no es sin causa que las lenguas estuviesen partidas y fuesen de fuego. Porque sabemos cuán dividida estaba la raza humana en si misma, y también cuán separada de Dios. Y el proyecto que se hizo para construir la torre de Babel  fue la causa de que los hombres se volvieran bárbaros entre sí, de modo que ya no hubo comunicación alguna entre ellos. Por el contrario, aparentemente Dios los dispersó. ¿Cómo sería posible entonces que los apóstoles, habiendo estado siempre aislados, como personas necias e ignorantes, en aquel rincón de Judea, pudieran publicar el evangelio a todo el mundo a menos que Dios cumpliera lo que había prometido antes, es decir, que él sería conocido por todas las lenguas y por todas las naciones? Ciertamente, está escrito que todos hablarán la lengua hebrea a efectos de unirse en una auténtica fe, pero la verdad nos es declarada mejor cuando dice que todos los creyentes, cualquiera sea la región de la cual vengan, clamarán: "Abba, Padre," invocando a Dios a una voz aunque haya diversidad de lenguajes. Es así, entonces, cómo el Espíritu de Dios quiso exhibir su poder en estas lenguas, a efectos de que el nombre de Dios pudiera ser invocado por todos, y para que juntos pudiéramos ser hechos partícipes de este pacto de salvación, que pertenecía exclusivamente a los judíos hasta que el muro fue derrumbado. De esta manera vemos la maravillosa bondad de nuestro Dios al transformar el mal en bien. Porque cuando buscamos el por qué de la existencia de diferentes lenguajes en el mundo, tenemos que llegar a la conclusión de que se debe a una maldición de Dios. No obstante, aquí apareció su bondad y su paternal misericordia, cuando el mensaje de vida fue traído en todos los idiomas. Es así cómo Dios transformó el mal en bien. Tanto más debemos magnificar y bendecir su Santo Nombre, sabiendo que la diferencia de lenguajes no le impidió declarar en el mundo entero que él quería recibir a todos los que antes se habían apartado de él, y de reunirlos a todos, realmente en su seno, hasta que fuesen recibidos en la herencia del cielo.
Suficiente con esto. Pero no bastaría con que el evangelio fuese predicado, y que por este medio Dios fuese conocido por todo el mundo; además era necesario que esta doctrina tuviese más y más poder para tocar los corazones en lo más íntimo, y para llevar los hombres a la obediencia. Es por eso también que las lenguas aparecieron semejantes a fuego. Porque en primer lugar necesitamos ser purgados, puesto que solamente hay corrupción e inmundicia en nosotros. Si alguien escudriña todas nuestras emociones y deseos hallará que hay hediondez por doquier. Tenemos que ser hechos de nuevo,  y es preciso que Dios nos purgue de una manera extraña. Luego, por otra parte, somos extremadamente fríos. Consecuentemente necesitamos ser encendidos con el poder de Dios. En vez de estar totalmente envueltos en las cosas de la tierra, es necesario que él nos eleve, algo que él hace por medio de su palabra.
Ahora vemos, en resumen, cómo este relato nos sirve en el día de hoy. En primer lugar, a efectos de que podamos recibir la doctrina del evangelio como verdad cierta e infalible, ella es la marca de Dios y es sellada por su Espíritu Santo y es un excelente testigo de nuestra adopción. Es así, entonces, cómo somos conducidos a la obediencia, viendo cómo Dios ha aprobado su evangelio, tanto para tener la seguridad de que nuestra fe ya no vana, y que no estemos siempre dados a cambiar nuestras palabras y opiniones, sino que siempre andemos sin apartamos del buen camino hasta que hayamos terminado nuestra carrera. Es así cómo en el poder del Espíritu de Dios nuestra fe tendrá victoria sobre el mundo. Porque si fuera un asunto de limitarnos a la sabiduría de los hombres, ¿adónde pararíamos? Pero si por fundamento tenemos al Espíritu de Dios, esa es la forma en que nunca seremos sacudidos. No obstante, tenemos que pensar en nosotros mismos, a efectos de que Dios pueda hacernos hoy partícipes de lo que acabamos de declarar, es decir que le invoquemos a una voz (digo, aunque estemos separados por lenguas) y que luego seamos renovados por la doctrina que nos es predicada, de tal manera que sepamos que hace falta fuego para cambiamos, y para limpiar tanto nuestros sentidos, como nuestros espíritus y nuestros corazones de todas las corrupciones de este mundo. Porque si bien los elegidos de Dios son subyugados por medio del evangelio, no obstante, por otra parte vemos que los enemigos de la verdad se vuelven más orgullosos y más rebeldes, de manera que el mundo es puesto en combate, tal como la experiencia nos lo muestra hoy. Porque mientras no fue predicado el evangelio, el mundo entero estuvo sin cuidado y tranquilo. No había ni argumentos ni disputas. ¿Y por qué no? El diablo reinaba sin contradicción. Pero cuando nuestro Señor Jesucristo apareció con la pura doctrina del evangelio la guerra se acercó cada vez más. Y en el día de hoy vemos los combates entre los que son llamados cristianos. Tanto más debiéramos orar a Dios que nos haga experimentar por qué el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, y para que nos conceda la gracia de que con toda obediencia le rindamos testimonio de que fue con el propósito de reunirnos, donde anteriormente estábamos esparcidos, y para que podamos ser reunidos bajo nuestro Señor Jesucristo, a efectos de ser miembros de su cuerpo, y que él realmente sea nuestra cabeza.
Además, para triunfar en esto tenemos que orar a él para que nos dé una firmeza tal que ya haya solamente fuego, en lugar de la frialdad de nuestros corazones, que además, él pueda rehacemos de manera que nos despojemos de todas las corrupciones de nuestra naturaleza, para ser renovados de tal manera que seamos separados del mundo. Con frecuencia veremos cómo es que la palabra de Dios es un fuego; ciertamente, pero de otra clase, a efectos de consumir a todos los que contradicen; como lo expresa también el profeta Jeremías, mostrando que incluso para el pueblo de Israel vino de esa manera, que totalmente ellos eran como paja y rastrojo para ser quemados por la palabra de Dios, debido a su malicia y rebelión. Y en el día de hoy, ¿cuántos existen que son inexcusables puesto que combaten a Dios, como bestias enloquecidas, echando espumarajos por la boca, y quizá otras cosas, gente burlona y profana que desafía a Dios, que no atribuye ni autoridad ni honor a su Santa Palabra? Ahora es cierto que esa gente no declarará inútil o carente de poder la palabra de Dios, sino que tendrá que experimentarla como un fuego consumidor, para ser reducidos a cenizas y molidos completamente. Aprendamos entonces, por qué quiso Dios que su Espíritu Santo apareciera en lenguas de fuego. Fue así para que los creyentes pudieran saber que necesitaban ser tocados en lo más íntimo, en efecto, de tal manera que fuesen cambiados por Dios y renovados. Eso es, entonces, en resumen, lo que tenemos que recordar para aplicar adecuadamente este relato a nuestro uso.
Además notemos las dos partes principales de la fe, y luego reflexionemos en nosotros mismos para saber lo que seríamos si no fuera que Dios cuida de nosotros. La fe consiste primeramente en conocimiento o certeza, y luego de firmeza y constancia. Ahora bien, cuando Dios habla, nosotros somos sordos a lo que dice, porque ya estamos preocupados con este mundo, y toda la sabiduría contenida en el evangelio será necedad para nosotros hasta que Dios nos haya iluminado. En primer lugar entonces, Dios tiene que abrirnos el camino para que le conozcamos y para aferrarnos a esta verdad, de otra manera seremos sordos a su palabra, seremos estúpidos y sin entendimiento alguno. Suficiente con este primer punto. En cuanto al segundo, es necesario que perseveremos contra los ataques que Satanás origina contra nosotros, y contra tantos peleadores; por causa de ellos tenemos que estar armados y equipados. Ahora bien, ¿cómo hemos de estar bien armados en tanto Dios no nos extiende su mano? Para eso sólo el poder del Santo Espíritu puede ser suficiente. Entonces, cuando hayamos sido enseñados cien veces por el evangelio, puesto que somos volubles e inconstantes, pronto seremos apartados de ello, a menos que Dios nos confirme. Incluso en el día de hoy, habiendo tantos peligros y amenazas, los pobres creyentes no pueden abrir sus bocas para invocar a Dios, a menos que la muerte esté junto a ellos; no pueden hacer confesión de su fe a menos que se encienda un fuego para abolir toda memoria de nuestro Señor Jesucristo. Entonces, habiendo semejante resistencia, y si aquellos que deberían mantener la fe cristiana están inflamados por Satanás para arruinarlo todo si les fuera posible, ¿acaso no es preciso entonces que Dios esté obrando aquí? Por eso hoy somos invitados por la experiencia y advertidos de nuestra necesidad de practicar lo que dice este relato; además, a invocar a Dios y a orar que, en vista de que él quiso dar testimonio cuando el evangelio vino al mundo, de que así como él estaba obrando allí por el poder de su Espíritu Santo así también lo experimentemos nosotros, cada uno en su lugar. Así como tenemos que estar persuadidos y convencidos de que la palabra que nos es predicada no procede de los hombres, así también es preciso que no sea interpretada por el talento de nadie, como lo demuestra San Pedro. Porque él conecta estos dos puntos: (1) Puesto que el Espíritu Santo de Dios ha hablado por medio de sus santos profetas y (2) también nosotros, por nuestra parte, queriendo entender lo que es declarado por su doctrina, debe apartar sus sentidos naturales, y abstenerse de traer aquí sus especulaciones diciendo: "Así me parece a mí; presumo que es así"; debemos, en cambio, venir con sobriedad y modestia pidiendo que Dios nos gobierne y que por su Espíritu Santo nos introduzca en el entendimiento de su palabra, cuyo autor es él. Suficiente entonces en cuanto a un punto.
Puesto que en el día de hoy vemos que el diablo ha rellenado al mundo con tantas sectas que ahora existen muchos herejes que no cesan de trastornar toda la pureza del evangelio y que incluso hay tantos que desprecian a Dios, y perros cebados que ya no tienen ni fe ni religión en ellos; tanto más necesitarnos presentarnos siempre a nuestro Dios para que él pueda iluminarnos por su verdad, y para que siempre podamos estar tan unidos a nuestro Señor Jesucristo que nada pueda separamos de él. Por otra parte que él nos dé un Espíritu de poder y de constancia hasta el fin; para que por muy animados que estén los enemigos de la verdad, no obstante, podamos persistir y que de esta manera Satanás pueda ser conquistado. Y no deberíamos preocuparnos solamente por nosotros, sino pensar también en otros. Actualmente es muy fácil para nosotros aquí hacer confesión de nuestra fe; nosotros no vemos los fuegos encendidos como los ven nuestros pobres hermanos, nosotros no experimentamos las tormentas que caen sobre sus cabezas;  pero ciertamente tenemos que estar unidos en un cuerpo. Porque, ¿por qué estamos reunidos sino es para tener verdadera hermandad juntos, puesto que Dios mediante su infinita bondad nos ha adoptado como hijos suyos, y diariamente testifica que quiere ser nuestro Padre? Entonces, es totalmente adecuado que nuestra solicitud se extienda a aquellos que realmente están en la trampa de lobos; que todos los días experimentan nuevos problemas; que nuestro sentimiento de piedad por ellos sea tal que oremos que Dios les ayude y que los fortalezca para las batallas, conforme a su necesidad; que Dios nunca permita que sigan turbados y aunque Satanás intente de todas partes arruinar su fe, que no obstante, ellos puedan persistir hasta el fin.  Incluso necesitamos ser amonestados de cómo son las cosas en el día de hoy; porque si alguna vez se preparó una persecución, es ahora;  existe especialmente un lugar donde la furia de los enemigos de Dios se encendió durante toda una semana, de manera que hubo más ocasión que nunca para que ejecuten sus crueldades contra pobres creyentes.  También se ve como estos tiranos miserables están poseídos por Satanás, y que la locura en ellos es tal que ya no hay ninguna esperanza de doblarlos de manera alguna. Ahora nuestros pobres hermanos están expuestos como presas, se los observa y se les escupe; y es evidente que los mayores preparativos se están haciendo con furia inimaginable, y crueldad, y que la obstinación de los hombres malvados contra Dios es mayor que nunca. Entonces hacemos bien nosotros, mientras Dios nos da tranquilidad, que pensemos cuidadosamente en esto, y que practiquemos este relato que estamos viendo, es decir, puesto que el Espíritu Santo descendió sobre aquellos que estaban unánimes, aprendamos nosotros a reunirnos, y aunque estemos lejos de las líneas de batalla, no obstante, estemos unidos a aquellos que luchan, y ayudémosles en el combate con nuestras oraciones, con la boca y el corazón; de manera que el Espíritu de Dios pueda estar a cargo de todo, y que él nos encienda con tal celo que seamos ardientes para invocar a nuestro Dios, en vez de ser demasiado fríos. En cuanto a nuestros hermanos que necesitan ser confirmados en semejantes ataques como los que tienen que soportar, quiera el buen Dios mostrarles que es él quien ha obrado en ellos y que él los guía y los gobierna.
Además todavía tenemos que considerar la palabra "consentimiento"  o unanimidad," para que nos guíen a la Cabeza, que es nuestro Señor Jesucristo. Porque se verá cómo es predicado hoy el evangelio; pero si se levanta un censo de los creyentes se hallará que el número de ellos es muy pequeño y que obviamente están esparcidos; porque escasamente hay algunos lugares donde es predicada la pura doctrina, e incluso, donde está la iglesia existen muchos que desprecian a Dios, gente disoluta y profana, que están allí para infectar a los que quedan si no fuera que Dios los preserva mediante su poder. Otros siempre seguirán siendo brutos. Actualmente hay tantos que en veinte o veinticinco años no han avanzado un solo paso en el conocimiento de Dios; su idea de la fe y su reverencia no es mayor que la de las bestias. Otros, a pesar de tener suficiente inteligencia, no obstante se desaniman y están totalmente dormidos, y ya no hace caso ni de Dios ni de su palabra, de manera que el número de ovejas y verdaderos coherederos es muy pequeño. Sin embargo, vemos cómo en toda Europa el diablo es muy popular, se reciben mentiras, trampas y engaños, y el mundo entero está tan embrujado que no hay forma de reducir el embrujo. Se ha visto que los hombres no solamente provocan a Dios y que blasfeman conscientemente contra él, sino que están tan encendidos por la locura, que aparentemente debieran bajar al sol del cielo para despojarlo de su resplandor. Entonces, vemos esto, que necesitamos consagrarnos a nuestra Cabeza, a nuestro Señor Jesucristo. ¿Con qué motivo se ve en todas partes del mundo semejante desprecio e impiedad, y tantas rebeliones y burlas, sino es para indicar que no a todos es dada la gracia de ser llevados debajo del soberano Pastor que nos fue dado por Dios su Padre? Sabemos que los que son guardados por él no perecerán jamás, tal como él lo ha dicho. De manera entonces, pongámonos de parte de nuestro Señor Jesucristo si para nuestra salvación queremos experimentar el beneficio y el cumplimiento de lo que aquí es narrado por San Lucas, es decir, que Dios no solamente pueda hablar a nuestros oídos, sino que su doctrina penetre nuestros corazones, que seamos encendidos, que seamos rehechos y renovados de tal manera que puedan ser dejadas las corrupciones de este mundo, y que, a medida que deseamos ser poseídos y reconocidos como pueblo suyo, seamos capaces de invocar en verdad a nuestro Dios en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien somos unidos a efectos de que él nos una en perfección a Dios su Padre.
Es por eso también que ahora está preparada esta santa mesa para nosotros. Porque, como ya lo he dicho, no podemos comunicar ninguna gracia del Espíritu Santo si no somos miembros de nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo podemos llegar a esa condición a menos que él mismo se presente a nosotros, viviendo con nosotros de tal manera que todo lo suyo nos pertenezca a nosotros, y disfrutemos los beneficios que le han sido dados en nombre nuestro? En el capítulo once de Isaías  dice que el Espíritu de Dios reposó sobre él, pero no porque tuviera necesidad alguna de él, ni para su uso privado; fue para provecho de todo su cuerpo, es decir, de toda la iglesia. De modo entonces, cuando ahora nos es ofrecida la cena, reconozcamos que nuestro Señor Jesús quiere que podamos hallar todo nuestro bien en él, por medio de su bondad él se acerca a nosotros. Es cierto que él no deja su gloria celestial, no necesita descender aquí abajo (como creen los papistas) para comunicarnos su cuerpo y su sangre, sino que, a pesar de estar lejos de él, no por eso deja de alimentarnos con su cuerpo y su sangre. Además, no dejaremos de estar unidos a él, en plena perfección, en efecto, tanto como sea necesario. Es por eso que lo llamo "perfección," aunque él venga poco a poco a nosotros. Porque si bien sea así, no dejaremos de ser unidos a él. En efecto, reconozcamos que él no quiso desilusionarnos declarando que él es nuestra Cabeza, y que nosotros somos sus miembros, y que, si nos dejamos gobernar por él experimentaremos que él será nuestro bien y nuestro guía seguro, y que el poder de su Espíritu Santo es infinito para sustentarnos. Entonces, en primer lugar, cuando vengamos a esta santa mesa reconozcamos que ella es un secreto que sobrepasa todos nuestros sentidos, y sin embargo, debemos dar lugar aquí a la fe. Sepamos que lo que no puede ser concebido por los hombres; es, no obstante, efectuado por la secreta e invisible gracia del Espíritu Santo; porque es así cómo somos hechos partícipes del cuerpo y de la sangre de Jesucristo.
Además, cuando él habita en nosotros y nosotros somos verdaderamente su cuerpo, no dudemos de que todo lo dicho en Isaías de los dones del Espíritu pertenecen y es apropiado por nosotros. Es cierto que no recibimos al Espíritu Santo en completa perfección, porque existe la medida del don como lo expresa San Pablo, y es preciso que creamos más y más. Y no es sin causa que nuestro Señor los distribuya así, en determinada porciones y grados; porque su fortaleza tiene que ser perfeccionada en nuestra debilidad, a efectos de que siempre dependamos de él, para que seamos solícitos en invocarle; y para que también seamos humillados reconociendo que aun se pueden hallar muchas faltas en nosotros. Así es entonces cómo hemos de saber que no es en vano que Jesucristo habita en nosotros, porque él nos dará testimonio por el hecho de que su Espíritu Santo exhibirá su poder para fortalecernos en él, para acercarnos a él, y para alejamos del mundo. En este pasaje de Isaías dice que el Espíritu de sabiduría reposó sobre él, para mostrar que solamente hay tinieblas en nosotros, que somos unos pobres ciegos, y que en la medida en que presumimos ser inteligentes y adiestrados, siempre pervertiremos y falsificaremos la verdad de Dios, hasta que él nos haya iluminado, y nos haya dado resplandor celestial, el cual no obtenemos ni por nacimiento ni por herencia. Luego dice que él también tiene el Espíritu del temor de Dios, porque nuestros deseos son otras tantas rebeliones contra la voluntad de Dios, hasta tanto sean reformados, incluso totalmente cambiados. Luego dice que de igual modo posee el Espíritu de poder, a efectos de que podamos reconocer nuestra debilidad, y que no podemos sino fracasar, a menos que seamos fortalecidos desde lo alto.  Entonces, experimentaremos todas estas cosas cuando vengamos para recibir el testimonio que nos es dado acá, y cuando estemos persuadidos de que así como los hombres mortales distribuyen el pan y el vino, así también obrará nuestro Señor Jesucristo, puesto que es hecho por medio de su autoridad y en su nombre, y que no es algo que los hombres hayan ideado en sus mentes, sino que Jesucristo es el autor. Ese es entonces, el propósito al cual debe ser aplicado este relato.
Además unámonos de tal manera debajo de nuestra cabeza, que adoremos a Dios con un corazón y con una boca, y que así seamos unidos. Porque no dice que los apóstoles hayan estado unidos unánimes con todo el mundo. Tenían a toda la ciudad de Jerusalén como enemigo, y sin embargo, no cesaron, aunque eran un número pequeño, aunque eran personas despreciadas, de persistir y dc estar allí unidos y reunidos bajo el signo de Dios en el Nombre de Jesucristo. Entonces, viendo que tantos perros cebados ladran contra nosotros, viendo que el diablo causa tantos problemas y en formas tan diversas, unámonos tanto más y en mayor firmeza, y que el lazo de nuestro cuerda sea irrompible, de manera que desafiemos a Satanás y a todos los suyos por este medio. Es cierto que en general debiéramos buscar la paz con todos sin excepción; deberíamos amar a aquellos que nos odian y persiguen, deberíamos desear su salvación, aunque no sean dignos de ella; pero de igual modo tenemos que ser sus enemigos, porque de lo contrario nos separaríamos de Jesucristo. Entonces, despreciemos al mundo entero, y reconozcamos incluso que tenemos que dejar nuestro yo para ser unido al Hijo de Dios, y que no somos malvados porque la furia de los incrédulos se levanta contra nosotros, si tratamos de estar de acuerdo entre nosotros y unidos en el nombre de Jesucristo. Seamos conscientes de que él reconoce nuestra unanimidad, aunque solamente seamos un puñado de personas, desafiemos osadamente a todo el mundo y a todos aquellos que son gobernados por Satanás y que se ha rebelado completamente contra Dios. Entonces, aunque en comparación con ellos no seamos nada, no dudemos que Dios nos reconoce, y que El habita en nuestro medio. En el tiempo descrito aquí por San Lucas, se ofrecían sacrificios en el templo, como lo hacían antes, y el sacerdote  investía gran dignidad; estaba allí en su pontificado. También existía el "orden común"  tan sofisticado que aparentemente Dios estaba comprometido con esa gente. Ahora bien, el Espíritu Santo estuvo solamente sobre una casa, en efecto, sobre una habitación donde estaban reunidos los discípulos, como pobre gente atemorizada temblorosos como pobres corderos, viéndose rodeados por lobos. Ciertamente, parecía que la condición de esa gente era miserable; sin embargo allí el Espíritu Santo apareció a esta pequeña compañía. Así es entonces, en E día de hoy, aunque seamos despreciados por el mundo, y si bien no somos un gran multitud, no dudemos de que el Hijo de Dios exhibe el poder de su Espíritu Santo sobre nosotros, que él nos hace experimentar sus dones conforme a nuestra necesidad; y contentémonos con este inestimable beneficio, para que de ninguna manera tengamos envidia de la prosperidad de hombres malvados y enemigos di Dios; que no nos hará daño el ser rechazados por el mundo, y ser considerados miembros contaminados; que todo ello nos dé lo mismo, por medio de esto seguimos unidos, en efecto, en esta unión que tenemos por medio del evangelio, y por medio de Jesucristo, quien es la fuente de todo beneficio, y de la vida y que tiene en sí mismo toda perfección de gozo.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante la majestad de nuestro Dios.